17
fev
2014

“Nadie lo dice, pero la relación entre geografía y política es muy fuerte”. Habla Fernando Arroyo, uno de los comisarios de la exposición La Real Sociedad Geográfica en la Biblioteca Nacional de España. Su concepción se ve claramente en la muestra que permanecerá abierta hasta el 18 de mayo en la biblioteca nacional (BNE): los mapas, desde el que refleja la España de 1631 hasta un mapamundi de finales del XIX, no son inocentes. Todos dejan ver un interés geopolítico más o menos obvio en el espacio que estudian. Arroyo repite: “La geografía ha sido siempre un saber estratégico, quien conoce el territorio tiene el poder de controlarlo. Y todavía lo vemos hoy en día”.

No es casualidad, entonces, que la Real Sociedad Geográfica se fundara en 1876, en el siglo de la pérdida de Cuba, la disputa por el Congo o las Guerras Anglo-Chinas. La propia organización señala que su creación obedece a “las ideas de la época de que los contactos entre naciones, la expansión colonial y los descubrimientos son un objetivo prioritario del quehacer de los países”. Es lo que se refleja en los más de 8.000 mapas y 5.000 libros que atesora la asociación, conservados desde 1971 en los fondos de la BNE. Entre ellos, las joyas de la corona: una edición en griego del Almagesto de Ptolomeo de 1538 y el primer Mapa General de España, fechado en 1741 y con unas dimensiones de 2,25 por 2,28 metros.

El primero es “el más completo catálogo estelar hasta la Revolución Copernicana”, como explica Carmen Líter, la otra comisaria de la exposición, “una joya bibliográfica” en palabras de Arroyo. Aunque el astrónomo, matemático y geógrafo griego vivió entre el año 100 y 170 y su obra fue ampliamente estudiada por los árabes, el tratado no llegó a Occidente hasta el siglo XII. “Ya sabemos que Europa estaba bastante atrasada en la Edad Media, no solo en cartografía”, explica Líter. No fue hasta 1175 cuando Gerardo de Cremona realizó en Toledo su primera traducción al latín, y con escaso éxito: los científicos de la época señalaron las deficiencias de la versión latina —sus artífices, evidentemente, no sabían gran cosa de astronomía— y se decidió volver a la versión en griego. La edición de la BNE, publicada en Basilea en 1538, es la primera impresión en ese idioma del Almagesto.

El otro tesoro de la muestra es más vistoso aún. Expuesto a la entrada de la exposición, con sus más de cuatro metros de superficie (necesarios para respetar la escala 1:450.000) y dividido en 38 cuarterones que han debido ser reforzados por su restauradora para aguantar la muestra, es “el levantamiento de la geografía española más amplio hasta la época”. Fue encargado por Felipe V, a través del Marqués de la Ensenada, a imagen del que su abuelo Luis XIV había realizado en Francia. O eso pretendía. La empresa de los geógrafos jesuitas Carlos Martínez y Claudio de la Vega quedó finalmente incompleta, y no aparecen reflejados los territorios del noroeste de la Península, desde Galicia hasta Ávila. El mapa, manuscrito, nunca fue copiado ni publicado y quedó únicamente para consulta exclusiva del monarca. Pese a eso, supuso todo un logro para una nación suspensa en geografía: la falta de personal técnico había provocado una “grave carencia” de mapas en España.

El Pais

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