07
jan
2014

Uno de los principales dilemas a los que se enfrentan actualmente los dirigentes políticos de todo el mundo es cómo combinar prosperidad económica con medidas decididas en materia de lucha contra el cambio climático.

Es evidente que los responsables de la política climática deben prever las repercusiones económicas de las medidas que adopten en este ámbito. Sería irresponsable no hacerlo. Todo el mundo coincide en este razonamiento elemental. Pero, ¿por qué no es igual de elemental para todos que los responsables de la política económica deben anticipar las repercusiones climáticas de las medidas que propongan en su ámbito?

No obstante, desde el momento en que el presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, considera el cambio climático una gran amenaza para el desarrollo económico, que la directora del FMI, Christine Lagarde, declara que este es con diferencia el mayor desafío económico de este siglo y que el secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, sostiene que debemos elegir entre unos activos bloqueados o un planeta bloqueado, no cabe duda de que el cambio climático está ocupando el centro del debate sobre la política económica.

Los líderes de la economía mundial están empezando a darse cuenta por fin de que, además de la crisis económica mundial, el mundo está experimentando una crisis climática, y una no puede resolverse sin la otra.

Teniendo en cuenta que la economía europea crece a un ritmo más lento que el de sus principales competidores, sus dirigentes deben tener visión de futuro para restablecer -y preservar- su potencial de crecimiento. Esta es la razón por la que la Comisión Europea va a proponer en enero un nuevo marco de medidas sobre el clima y la energía para 2030, que, evidentemente, no sea contrario a los intereses económicos de Europa.

Tomemos, a modo de ejemplo, nuestra factura energética. Durante años, las importaciones de combustibles fósiles han influido negativamente en la balanza comercial de Europa. Solo en 2012, las importaciones europeas de petróleo, carbón y gas ascendieron a 545.900 millones de euros, una cifra equivalente al PIB de Finlandia, Hungría, Portugal y Eslovaquia juntos, o a más de cinco veces el déficit comercial global de la UE en el mismo año. ¿No convendría pues -también desde el punto de vista económico- reducir ese tipo de facturas ahorrando energía y produciéndola aquí en Europa?

Además, con unas tasas de desempleo sin precedentes, Europa necesita puestos de trabajo en industrias dinámicas y competitivas que no puedan externalizarse fácilmente. En la actualidad, más de 3,5 millones de personas trabajan en el sector ecológico europeo. Entre 1999 y 2008, este sector generó 180 000 empleos al año; la mayoría de ellos se mantuvieron -y muchos más se crearon- durante los peores años de la crisis económica.

La ventaja competitiva de Europa radica en la innovación, la tecnología y la mejora de la eficiencia en el uso de la energía y de los recursos; la adopción de medidas de lucha contra el cambio climático genera muchos de esos importantes beneficios económicos. No obstante, a algunas empresas y responsables políticos les preocupa el riesgo de que las políticas climáticas ahuyenten a empresas con alto consumo de energía.

La fuga de carbono constituye un riesgo significativo, pero no debe exagerarse. En la elaboración de las políticas climáticas, hemos determinado los sectores clave en los que la fuga de carbono resulta más probable y, a continuación, se han establecido medidas correctoras específicas. Lo cual es sin duda lo más sensato.

Según recientes estudios independientes, con las salvaguardias existentes en la actualidad, Europa está protegiendo bien a sus industrias contra la fuga de carbono.

Por tanto, tal vez debería preocuparnos un poco más de otro riesgo: sin unas políticas climáticas ambiciosas, Europa no conseguirá atraer inversiones en sectores económicos que innovan con gran rapidez ni los puestos de trabajo de gran calidad que tanto necesitamos. Europa lidera la carrera hacia tecnologías de bajas emisiones de carbono, pero otros agentes internacionales están ganando terreno rápidamente. Se requiere un nivel de ambición renovado en materia de cambio climático si queremos que Europa conserve su ventaja en los mercados de bajas emisiones de carbono en rápido crecimiento.

Europa es con gran diferencia el mayor importador de combustibles fósiles del mundo. Dado que el crecimiento de la producción de petróleo disminuye y que la demanda mundial no deja de aumentar, unos precios del petróleo que se mantienen a un nivel elevado y unos aumentos bruscos de los precios tendrán un impacto significativo en la economía europea.

No obstante, la Agencia Internacional de Energía (AIE) sostiene que Europa tiene alternativas: podemos construir una economía menos dependiente de la energía importada aumentando la eficiencia energética y recurriendo en mayor medida a energías limpias de producción propia.

Es evidente que Europa por sí sola no puede solucionar el problema climático. Tenemos que seguir pidiendo a otras economías importantes que tomen medidas. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático celebrada el mes pasado en Varsovia convino en que todos los países, en desarrollo y desarrollados, deben contribuir a la consecución de un nuevo acuerdo sobre el clima en París, en 2015, y que todos deberían ahora volver a sus países y ponerse a trabajar, es decir, preparar con tiempo sus planes de reducción de emisiones para la Conferencia de París.

Eso es lo que Europa está haciendo ahora. Las altas expectativas europeas servirán de referencia a muchos países, tanto en términos de calendario como de nivel de ambición, y serán un motor importante para garantizar que otros países preparen a su vez planes ambiciosos y, de ese modo, se alcance un acuerdo en 2015.

Con unos avances políticos paulatinos, la cumbre de líderes mundiales sobre el cambio climático, que el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, convocará en septiembre de 2014, será un hito fundamental en el camino hacia el acuerdo de París.

No es posible seguir actuando como hasta ahora si queremos mantener la recuperación económica. Muchos dirigentes económicos ya lo han entendido así. Son conscientes de que no se trata de elegir entre la buena economía y la protección del clima, sino que la acción por el clima es en sí buena economía. Los líderes europeos deben tomar medidas enérgicas en materia de lucha contra el cambio climático para garantizar una recuperación económica sostenible en sus propias perspectivas económicas.

Connie Hedegaard

El Pais

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