05
set
2014

Si nadie lo evita, la Eurozona camina hacia la deflación y España será arrastrada hacia el mismo fin. Las arenas movedizas de la trampa deflacionaria comienzan a llegar a la cintura y, sin pies para correr, las manos de la estructura institucional europea se mueven lentamente intentando buscar socorro. Ahora se convoca una cumbre por la recuperación y el empleo que seguramente se producirá a principios de octubre. Pareciera que de ese modo se recoge el guante que Mario Draghi lanzó hace días a los gobiernos de los estados miembros para coordinar las políticas fiscales y el impulso por la recuperación, además de acelerar las reformas. Teniendo en cuenta los precedentes, esa convocatoria llega tarde y es probable que genere escasa ilusión. Ya en el pasado hubo situaciones de urgencia resueltas con declaraciones más o menos profundas pero acciones superficiales. ¿Qué esperar de una Europa donde el nombramiento de altos cargos consume dos meses cuando hay problemas muy urgentes?

La salida de esta crisis a este lado del Atlántico está siendo peor que en otros episodios históricos similares y el riesgo de entrar en una trampa deflacionaria es elevado. La amenaza de una tercera recesión está ahí. Sus consecuencias podrían ser irreversibles. Lo peor es que cunde esa sensación de inercia y falta de reacción que sugiere que ya puede ser tarde. El problema hoy es la (casi) deflación como síntoma. En poco tiempo, será la deflación como causa que generará un hundimiento más persistente.

Actualmente, la recurrencia de cifras de inflación menores de lo esperado revela debilidades estructurales muy importantes en la Eurozona que sólo pueden combatirse con reformas profundas y algo de coordinación fiscal para identificar y corregir los excesos de los —por otra parte necesarios— esfuerzos de contención presupuestaria allí donde sea preciso. Sobre todo en los países que supuestamente deberían tirar del carro y que, a fuerza de tirar de sí mismos, acabarán rompiendo los ejes del vehículo europeo.

La cuestión de la deflación encierra un peligro enorme, que se deriva de la falta de sinceridad en el diagnóstico. Los países del euro siguen la pelea sobre la necesidad de la austeridad o de expansión fiscal, como si no hubiera alternativas intermedias. Lo cierto es que ninguno de los dos extremos ofrece una solución y que para un número importante de países la verdad sigue escociendo entre la inacción política: hacen falta reformas urgentes, claras y convincentes. El epicentro de este problema está ahora en Francia y volverá pronto a Italia. Así, aunque el BCE actuara y consiguiera dar un impulso a los precios hacia finales de año, sería muy peligroso interpretar esa tendencia como un alejamiento del fantasma de la deflación. Los gobiernos europeos lo considerarían una victoria política y volverían a aplazar el necesario ejercicio de honestidad que conllevan los cambios estructurales. Sin las reformas necesarias, cualquier impulso monetario es temporal. Ya lo deberíamos haber aprendido antes de caer por tercera vez en esta situación. A la tercera va la vencida (en este caso, el abismo).

El tiempo en que una expansión cuantitativa sin cortapisas hubiera sido realmente efectiva para la eurozona puede haber pasado. Y, de hacerse ahora, sería como una lluvia torrencial en una tierra yerma. En todo caso, hace tiempo que Draghi se conforma con soluciones temporales y habrá que ver hasta dónde nos alcanza con el ingenio de las acciones monetarias. Porque, con los procedentes, no cabe esperar un milagro de esa cumbre de octubre.

El Pais

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